El coste económico y las muertes por el terrorismo

La historieta de este bochorno se remonta a la década de los setenta del pasado siglo, cuando los servicios de inteligencia americanos, sionistas, Israel y Occidente (Europa) se mancomunaron para derribar al gobierno progresista afgano mediante el fomento de grupos armados dirigidos por varios señores de la guerra. Personajes como el entonces consejero de Seguridad Nacional, de origen polaco, Zbigniew Brzezinski, promovieron desde julio de 1979 la ayuda masiva a los llamados mujaidines con dos propósitos clave: sustituir a las autoridades nacionales y promover el involucramiento militar soviético para propinar a Moscú “su propio Vietnam”. Zbignieew Brzezinski quién presumía del “yo cree el terrorismo y no me arrepiento de ello.

La última actualización de los datos se produjo hace apenas unas semanas, coincidiendo con la retirada de las tropas internacionales de Afganistán. Tras veinte años de ocupación, el mundo contempló atónito cómo los talibanes recuperaban en cuestión de días el control del país y volvían a establecer un nuevo emirato islámico. Los estadounidenses se habían gastado 300 millones de dólares al día durante dos décadas en la misión de Afganistán para que, tras su marcha, el país volviera al punto de partida.

La nada despreciable cantidad de 8 billones de dólares, 900.000 muertes y 38 millones de desplazados. Es el coste del terrorismo desde 1979. Ese es el balance que dejan las intervenciones militares llevadas a cabo por Estados Unidos y socios tras el 11S en el marco de la guerra contra el terror, tal y como la bautizó el entonces presidente George W. Bush. Los datos son de la Universidad de Brown, que en 2010 se propuso recopilar el coste, muchas veces desconocido u opaco, de la respuesta estadounidense a los atentados de 2001.

La movilización de tropas suele tener dos objetivos diferenciados: intervenir de manera directa en un conflicto mediante el uso de la fuerza o lucir músculo militar con el fin de ganar influencia y poder de negociación. Y si hay un país que en las últimas décadas ha basado su política exterior en el despliegue de su ejército por medio mundo, ese es Estados Unidos. No en vano, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial EE.UU. ha mantenido de forma constante a cerca de un tercio de sus tropas en el exterior, tal y como muestran Los datos publicados en un estudio de la revista científica Conflict Management and Peace Science.

Una red musulmana e “informal” de intercambio de dinero que hoy sigue operando en la sombra se adelantó más de mil años al sistema financiero internacional. La hawala surgió en el siglo VIII en comunidades musulmanas del sur de Asia como un sistema para saldar cuentas entre familiares y amigos, pero que también ha sido y es usada por el terrorismo.

Rastrear el movimiento de fondos y la mercancía se vuelve complicado porque los flujos de productos legales e ilegales se mezclan, y los fondos atraviesan varias capas de instituciones formales e informales. Los hawaladars saldan cuentas mediante depósitos fragmentados en varios bancos alrededor del mundo, ya sea con pagos en efectivo o transferencias bancarias.

También en Afganistán, la industria del opio no sería nada sin los hawaladars. El tráfico y producción de opio generó 2.700 millones de dólares en 2018 en el país, alrededor del 10% del PIB. Las ciudades fronterizas hacen de nexo con los países vecinos donde se procesan los pagos. Por ejemplo, un hipotético traficante de drogas o armas acude a un hawaladar afgano para tramitar un acuerdo con un hombre de negocios en Dubái, y desea recibir el pago en vehículos para revenderlos y aumentar su beneficio. El hawaladar facilita el intercambio mediante colaboraciones con homólogos en Dubái, Irán y Afganistán. Cuando las drogas o armas se entregan al hawaladar en Irán y se ha mandado el pago, el hawaladar afgano adquiere e importa los vehículos que el traficante desea a cambio. Con frecuencia, el hombre de negocios trabaja en la misma industria desde la que el traficante desea recibir los bienes.

En su discurso dirigido a la nación estadounidense del pasado mes de agosto, Joe Biden aseguró que la misión de Estados Unidos en territorio afgano “nunca había sido construir una nación, una democracia centralizada y unificada”, sino “prevenir ataques terroristas en suelo americano”. “Y lo logramos, degradamos severamente a Al Qaeda en Afganistán, nunca abandonamos la búsqueda de Osama bin Laden y lo atrapamos. Eso fue hace una década”, afirmó tratando de acallar las críticas.

Afganistán bloqueada entre montañas, desiertos e imperios enfrentados entre sí, la historia de Afganistán ha estado dramáticamente marcada por la guerra y las injerencias externas. El nuevo ascenso de los talibanes al poder no es sino un momento más en una larga cadena de golpes, invasiones y revoluciones que siempre han tenido a la violencia como hilo conductor y al pueblo afgano como eterno perdedor.

De hecho, no fue hasta el año 1747 cuando el Afganistán moderno comenzó a tomar forma tras siglos de dominio persa, turco, mongol y musulmán. El encargado de hacerlo fue Ahmed Sah Durrani, quien asumió el poder del Imperio afgano o durrani tras el asesinato de Nader Sah de Persia, y poco a poco fue extendiendo su dominio en la región. No en vano, Ahmed Sah consiguió incorporar a su imperio los actuales Afganistán, Pakistán y parte del este de Irán y del oeste de India.

Si se tienen en cuenta todas las operaciones militares desplegadas por Estados Unidos en Libia, Siria, Irak, Somalia, Yemen, Pakistán y Afganistán desde el 11S, el número e muertes se multiplica —entre 897.000 y 929.000—. Pero lo más impactante del dato no es su volumen total: al contrario de lo que cabría esperar, la mayoría de muertes no ocurrieron en el frente de batalla, sino que fue la población civil la que más fallecimientos sufrió con cerca del 41% del total.

Y todo ello sin contar las muertes indirectas que las misiones militares han provocado, ya sea por enfermedad, desplazamiento, hambruna o la imposibilidad de beber agua potable. “Las muertes que contabilizamos son probablemente una gran subestimación del verdadero número de víctimas que estas guerras han cobrado en vidas humanas”, explicó Neta Crowford, una de las cofundadoras del proyecto universitario.

Si se tienen en cuenta todas las operaciones militares desplegadas por Estados Unidos en Libia, Siria, Irak, Somalia, Yemen, Pakistán y Afganistán desde el 11S, el número e muertes se multiplica —entre 897.000 y 929.000—. Pero lo más impactante del dato no es su volumen total: al contrario de lo que cabría esperar, la mayoría de muertes no ocurrieron en el frente de batalla, sino que fue la población civil la que más fallecimientos sufrió con cerca del 41% del total.

También es muy probable que las cifras de muertes y el número de personas afectadas sigan aumentando, puesto que Estados Unidos continúa manteniendo operaciones de contra terrorismo y ejercicios militares hasta en 85 países, la mayoría de ellos ubicados en África y Oriente Próximo.

Junto a esto, los costes económicos de los conflictos iniciados tras los atentados del 11 de septiembre también han sido gigantescos. Estados Unidos ha destinado ya seis billones de dólares a la lucha contra el terror, a lo que hay que añadir otros dos billones que la Administración aún debe emplear en el cuidado de los veteranos.

La gran mayoría de ese dinero –similar al PIB de Alemania, Reino Unido, España y Australia juntos– ha sido gestionado por el Departamento de Defensa para movilizar tropas, levantar bases militares por todo el mundo y reconstruir países que sus propios soldados habían reducido a cenizas. Sin embargo, estos 8 billones de dólares no reflejan el impacto total que ha tenido la guerra contra el terror en la economía de EE.UU.

Desde la invasión de Afganistán, el presupuesto del Departamento de Defensa ha aumentado de forma exponencial hasta registrar un gasto de cerca de 14 billones de dólares, de los cuales un tercio han ido a parar a contratistas privados que han hecho de la guerra su verdadero negocio.

Los datos así lo demuestran: tan solo el 12% de todos los fondos de reconstrucción que Estados Unidos entregó a Afganistán entre 2002 y 2021 acabó realmente en manos del Gobierno afgano. Gran parte del resto del dinero fue transferido a empresas estadounidenses que recibieron contratos millonarios para volver a edificar el país.

¿Cómo decenas de servicios de inteligencia y los ejércitos de cerca de 50 países, efectivos de la OTAN instalados en Irak y Afganistán, que han gastado miles de millones de dólares y euros en la “guerra mundial contra el terrorismo” durante 42 largos años, no han podido acabar con unos miles de hombres armados con espada y daga de Al Qaeda?.

3 comentarios

  1. Más datos que añadir a la ya larga lista de engaños y manipulaciones que sufrimos los ciudadanos de a pie en todo el planeta para que los de siempre sigan enriqueciéndose a nuestra costa.
    Ayer tuve acceso a un reportaje que demuestra que lo del Titanic fue un montaje para eliminar a una serie de personas incómodas que no querían crear la Reserva Federal de los Estados Unidos. NI el Titanic era el verdadero Titanic, ni hubo iceberg -el hielo bajo la superficie del océano no tiene aristas capaces de dañar una plancha de acero de 2,5 cms de espesor- y además cuando se ha llegado a los restos del naufragio se ha sabido que el casco tiene dos agujeros producidos por explosiones internas.
    Una vez eliminados los opositores y creada la Reserva Federal -con los Rockefeller y Rothschild a la cabeza- se financió la Primera Guerra Mundial.
    ¡¡¡VERGÜENZA!!!

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  2. Hay tocayo vaya tema me has despertado con el Titanic igual un día de estos hago un artículo sobre ello, de todas formas te diré todos los males de mundo son debidos a una serie de señores todos ellos judíos que no que no quiero con ello decir que todos judíos sean iguales ni mucho menos pero si todos que están bajo el paraguas del sionismo.

    Los judíos 1674 tiene mucho que ver con la fundación de los EE.UU. de hecho sobre el 1714 los primeros cadetes de West Point eran de origen judío y aún hoy hay reservado un espacio para ellos.

    Un saludo

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