Francia la gran convulsión

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Es una suma de datos y análisis que se comentarán y, con seguridad, provocarán controversia.

Según Jérôme Fourquet, director del departamento de opinión de Ifop, autor de L’Archipel français (Seuil), Francia está experimentando una verdadera agitación “antropológica”. Dislocación de referencias culturales comunes, fin de la matriz católica, establecimiento de una sociedad multicultural, secesión de las élites, división de la división de izquierda-derecha… Nuestra sociedad está, como siempre, en el proceso de “archipelización”.

“Pasamos de una sociedad de silos a una empresa en una milhojas”, dice el autor de Point, que ha utilizado una cantidad considerable de datos (cifras de INSEE, INED, encuestas, listas de votantes, etc.) para dibujar la Francia de hoy y de mañana.

Respecto a Francia, en 2019, ya no se puede negar una transformación crucial y arriesgada, que está en marcha un “Gran Giro”, observó el fundador y presidente del Jean-Jacques Rousseau Institute, Michel Gurfinkiel. Se lamentaba de “la defunción de Francia como un país distinguido, o al menos como la nación occidental y judeocristiana que hasta ahora se presumía que era”.

Giro o turbulencia, los días de la Francia que conocíamos están contados: la sociedad ha perdido su centro de gravedad cultural: el viejo estilo de vida está desvaneciéndose y se acerca a la “extinción”. La “francesidad” está desapareciendo y siendo sustituida por una especie de balcanización de enclaves que no se comunican entre sí. Para el país más afectado por el fundamentalismo y el terrorismo islámico, no es una buena fórmula.

El giro francés también se está volviendo geográfico. Francia parece ahora dividida entre los “guetos para los ricos” y los “guetos para los pobres”, según un análisis del mapa electoral del mayor periódico de Francia, Le Monde. “En el sector más pobre, 6 de cada 10 nuevos hogares cuentan con un miembro nacido en el extranjero”, señala Le Monde. Una especie de abismo separa ahora la Francia periférica —las localidades pequeñas, los suburbios y las áreas rurales—de las metrópolis globalizadas de los «burgueses bohemios». Cuanto más se enclaustren las élites francesas, con sus ingresos y su ocio cultural en sus enclaves, menos probable será que entiendan el impacto diario del fracaso de la inmigración masiva y el multiculturalismo”.

Una reciente encuesta europea reflejó estas “dos Francias que no se cruzan ni hablan la una con la otra”, observó Sylvain Crepon, de la Universidad de Tours, al analizar el éxito del partido de Marine Le Pen, Agrupación Nacional, en las últimas elecciones al Parlamento europeo. Le Pen y el presidente, Emmanuel Macron, los dos ganadores de las elecciones, hablan para dos grupos sociológicos completamente distintos. En los suburbios de París —Aulnay-sous-Bois, Sevran Villepinte y Seine-Saint-Denis—, Agrupación Nacional, de extrema derecha, ha experimentado un auge. En las ciudades, Le Pen va muy por detrás: quedó la quinta en París, la tercera en Lila y la cuarta en Lyon. Según Crepon: “Estas ciudades quedarán protegidas del voto a la Agrupación Nacional por su estructuración sociológica. Eso le da crédito al discurso populista que diagnostica una élite desconectada. Esta [visión] respalda la idea de una ruptura sociológica que no es del todo equivocada”.

A un lado de esta ruptura están las localidades como Dreux, que Valeurs Actuelles describió “la ciudad que configura la Francia del mañana”: Por un lado, una ciudad regia con el vestigio de una historia que cree que todo está cambiando [el milenario]; por el otro, las ciudades están imbuidas de tráfico [de drogas] e islam. Los burgueses del centro de la ciudad votan a Macron, y los petit blancs a Le Pen.

Por otro lado, está París. “Todas las metrópolis del mundo conocen ese mismo destino. Aquí es donde fluye la riqueza y donde está la alianza entre los ‘ganadores de la globalización’ y sus ‘sirvientes’, los inmigrantes que han venido a servir a los nuevos amos del mundo, a cuidarles los hijos, a llevarles sus pizzas o a trabajar en sus restaurantes”. “París es una ciudad global, y no en realidad una ciudad francesa”.

“Las clases superiores, burgueso-bohemizadas —según uno de los escritores más respetados de Francia, Christophe Guilluy están llenando las “nuevas ciudadelas” como en la Francia medieval y votando en masa a Macron. Han desarrollado “una manera única de hablar y pensar […] que permite a las clases dominantes sustituir la realidad de una nación sujeta a una grave tensión e insistir en la fábula de la sociedad acogedora”.

El reciente movimiento de los “chalecos amarillos”—cuyos miembros se manifiestan todos los sábados en París durante meses contra las reformas del presidente Macron— es un símbolo de esta división entre la clase trabajadora y los progresistas gentrificados. Según Guilluy, es una “conmoción social y cultural”. Esta conmoción, según el filósofo francés Alain Finkielkraut, consiste en la “fealdad de la Francia periférica y sus efectos sobre las vidas concretas, la tristeza de estas clases trabajadoras que no sólo han perdido un estándar de vida, también un referente cultural”. En Francia, existe ahora una sensación generalizada de “desposesión”.

El partido de Marine Le Pen ha ganado más del doble de elecciones departamentales que Macron. Le Pen ganó en las áreas deprimidas y desindustrializadas del norte, el sur del centro y el este de Francia de donde proceden los chalecos amarillos. Hace poco Simon Kuper en Financial Times, escribió; “Desde que me vine a vivir a Francia en 2002, he visto cómo el país ha culminado una completa revolución cultural”. El catolicismo está casi muerto (sólo el 6 por ciento de la población francesa va habitualmente a misa), aunque no de forma tan absoluta como su vieja “iglesia” rival, el comunismo. La población no blanca ha seguido creciendo. Macron, explica Kuper, es el símbolo de una “nueva sociedad individualizada, globalizada e irreligiosa”.

La huida de Francia del catolicismo es tan evidente, que un nuevo libro, L’archipel français: Naissance d’une nation multiple et divisée, del encuestador Jerôme Fourquet, ha descrito el fracaso cultural de la sociedad francesa como una “era poscristiana”: el alejamiento de la sociedad francesa de su matriz católica es ya casi total. El país, afirma Fourquet, está ahora implementando su propia descristianización. Y sólo hay un sustituto fuerte en el horizonte. Hoy ya hay, según un nuevo estudio académico, tantos musulmanes como católicos entre los jóvenes de Francia de 18 a 29 años, y los musulmanes representan el 13% de la población de las ciudades más grandes de Francia, más del doble de la media nacional.

Los sentimientos musulmanes de solidaridad comunitaria parecen haberse aprovechado de esta fragmentación al crear sus propios “guetos de la sharía”. Un informe del Institute Montaigne, «La fábrica islamista», ha detallado la radicalización de la sociedad francesa musulmana. En lugar de la integración, la asimilación y la europeización, los extremistas musulmanes de Francia quieren el multiculturalismo, la separación y la división. Los enclaves de inmigrantes en las afueras de las ciudades francesas, plantea Gilles Kepel en su libro La fracture, fomenta “una ruptura con los valores de la sociedad francesa y la voluntad de subvertirlos”. “La gente no quiere vivir junta”, dijo Gérard Collomb, exministro del Interior de Francia, en unas declaraciones recogidas por Valeurs Actuelles.

Esta “fractura” se volvió a señalar en la misma publicación: “Cuatro de cada diez niños de Seine-Saint-Denis tienen nombres de pila musulmanes”. El encuestador Jérôme Fourquet reveló en un nuevo estudio que “el 18% de los recién nacidos en Francia tienen nombre musulmán”. El “Gran Giro” de Francia está en proceso. Como escribió hace poco el filósofo Alain Finkielkraut, “El incendio de Nôtre Dame no es ni un atentado, ni un accidente, sino un intento de suicido”.

Las zonas prohibidas en Francia y otros países de Europa: Zonas No-GO Un trabajo de investigación de 120 páginas, titulado: “Zonas Prohibidas en la República Francesa: ¿Mito o Realidad?”(“No-Go Zones in the French Republic: Myth or Reality?”), deja al descubierto una realidad que todos saben. zonas-no-go-francia-500x500

Cuando algunos líderes europeos comenzaron a admitir que la migración musulmana debía restringirse por razones de seguridad nacional, el Vaticano respondió insistiendo en que la seguridad de los inmigrantes era más importante que la seguridad nacional.

Para luchar contra la amalgama de la inmigración, el diputado Delphine Klopfenstein Broggini de los verdes suizos “la izquierda” quiere prohibir cualquier divulgación de la nacionalidad de los delincuentes.

Se imponen sus criterios en el mundo occidental con la absoluta complicidad de los medios, La Organización de Cooperación Islámica, Su estrategia se centro en interactuar con los medios, el sector académico y los expertos en varios temas relevantes, además de interactuar con los gobiernos occidentales para generar conciencia, apoyar los esfuerzos de los organismos de la sociedad civil musulmana en Occidente e implicar a esta última en el desarrollo de planes y programas para contrarrestar la islamofobia.

Permitir la difusión y la expansión del islam en Europa, aceptar que pueda tratarse de una religión como cualquier otra en el Viejo Continente, supone allanar el camino hacia la yihad, facilitarla, hacerla posible y admitir la desestabilización en todo el territorio de la Unión Europea. Hacerlo en razón de que el “islam moderado” no parece “peligroso” e incluso, ocasionalmente, se muestra dialogante, se ha revelado como un error: existen muchas posibilidades de que ese mismo islam, moderado hoy, se convierta en intolerante e integrista mañana, que el imán que hoy predica “integración”, mañana truene en defensa de su “identidad religiosa” más extrema.

Las bolsas islámicas en Europa figuran entre las comunidades halógenas más subvencionadas. En Holanda primero, en el Reino Unido, en Francia, Suecia, Noruega, Finlandia, Dinamarca, Alemania en España, en Italia, en Bélgica, los programas para lograr la “integración” del islam en las sociedades de acogida han fracasado, uno tras otro, estrepitosamente y, poco importa de dónde hayan procedido esas bolsas de inmigración, si del Magreb, si del África subsahariana o del mundo árabe. No ha habido y es bueno recordarlo ni un solo proyecto nacional de integración de la inmigración islamista, ni de derechas, ni de izquierdas, ni generoso, ni cicatero en la donación de subsidios, que se haya coronado con un mínimo éxito. De hecho, cuantos más fondos se dispensan a la cuestión, menos resultados se obtienen. O se integran o Europa debe ser blanca.

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