Los judíos en Europa

 

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Aparte Rusia, los judíos que viven en Europa son en torno a 1,5 millones en una población europea de unos 600 millones, o una cuarta parte del 1%; es más o menos la misma cifra que de hindúes y una vigésima parte de la de musulmanes. A diferencia de esas comunidades religiosas de nuevo cuño, los judíos tienen a sus espaldas una atribulada historia de dos milenios en Europa, marcada por los libelos de sangre y otras teorías conspirativas, las cruzadas, los guetos y los pogromos, que desembocó en el Holocausto. También a diferencia de lo que ocurre con esas crecientes comunidades de inmigrantes, los desafíos simultáneos de la inmigración musulmana, el antisemitismo rampante y el izquierdismo anti sionista dejan a la judería europea en una situación tan precaria que en 2017, en Francia, donde son menos del 1% de la población, los judíos fueron víctimas del 40% de los actos violentos de motivación racial o religiosa. Una reciente encuesta reveló que el 38% de los judíos de Europa está considerando emigrar del continente europeo.

El discurso adoptado por numerosos judíos estadounidenses dice que los Gobiernos derechistas consienten el antisemitismo, mientras que los progresistas permiten a las comunidades judías prosperar. Supuestamente esta tesis es que la amistad del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, con los gobernantes derechistas de Europa del Este hayan criticado el antisemitismo. Gracias a una encuesta entre judíos europeos publicada el mes pasado, ahora tenemos algunos datos para juzgar esta tesis. Y los datos parecen contradecirla.

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En el Europa del  Este, nada menos que el 96% de los encuestados se sienten seguros, y sólo un 4% inseguro. En el Oeste, el 76% se siente seguro y el 24%, inseguro. Los entrevistados de países como Polonia, Hungría y Rumanía sistemáticamente acusados de tener Gobiernos antisemitas que rozan el fascismo se sienten más seguros que los judíos de países liberales como Francia y Alemania, con una diferencia de hasta veinte puntos.

 Además, “los encuestados de Europa Occidental fueron más propensos que los orientales a considerar el antisemitismo como una amenaza, y a reportar un deterioro de la situación con respecto a encuestas anteriores”, dice el informe del JDC. No es ésta una mera percepción subjetiva: otros estudios han revelado que es mucho más probable que los judíos experimenten violencia física en la Europa occidental que en la oriental.  En 2017, por ejemplo, los 100.000 judíos de Hungría no reportaron un solo ataque físico, mientras que los 250.000 judíos de Gran Bretaña reportaron 145.

Dos cuestiones preliminares: ni la judería europea ni el Gobierno de Israel son monolíticos. Paula Bieler, Gidi Markuszower y Davis Lasar representan a sus partidos civilizacionistas en los Parlamentos de sus países (Suecia, Holanda y Austria, respectivamente); los judíos de Alternativa por Alemania apoyan a los civilizacionistas alemanes. En cambio, Reuven Rivlin, escribe sobre antisemitismo en un periódico londinense evitando cortésmente mencionar ni siquiera a Corbyn por su nombre, mientras que caracteriza vilmente a los civilizacionistas como “movimientos neofascistas que tienen una considerable y muy peligrosa influencia” (esto a pesar de que reconoce su “fuerte apoyo al Estado de Israel”).

El Gobierno de Netanyahu aprecia que los partidos anti-establishment se rebelen contra la pauta verbalmente cálida pero cordialmente gélida de los partidos europeos tradicionales: si bien las 3M (la británica Theresa May, el francés Emmanuel Macron y la alemana Angela Merkel) hablan positivamente de Israel, de manera mucho más significativa toman parte de su deslegitimación en Naciones de Unidas y apoyan el acuerdo nuclear con Irán, que la mayoría de los israelíes considera una amenaza mortal. Más en general, el periodista israelí Eldad Beck apunta a; la dualidad de la postura alemana, por la que Berlín declara su compromiso con la existencia y la seguridad de Israel y al mismo tiempo da su apoyo a entidades que socavan la existencia y la seguridad del Estado judío.

El Gobierno de Israel coopera cada vez más con los “civilizacionistas”, (aspiran fundamentalmente a conservar la civilización occidental), pero después se enfrentan a la ira de los judíos de Europa a los que ha prometido proteger, lo que conduce a un punto muerto. Así, Jerusalén desea claramente cooperar con la proisraelí ministra de Exteriores austriaca, Karin Kneissl, nombrada por el partido civilizacionista de ese país, pero los judíos de Austria han condenado enérgicamente esa posibilidad y han llegado a advertir de que “combatirán” a Jerusalén.

Sin duda, algunos civilizacionistas tienen visiones de los judíos cargadas de prejuicios raciales y conspiranoicos; hay que mantenerse vigilantes para que su profesada amistad no sea sólo una táctica para conseguir aprobación y legitimidad. Pero los civilizacionistas no son el gran problema de los judíos. En el plano político, no promueven la inmigración descontrolada ni un multiculturalismo que tolere o incluso fomente la islamización, amenazas existenciales gemelas para la vida judía en Europa.

En el plano personal, los civilizacionistas no son el principal peligro para los judíos; un amplio estudio sobre los delitos de discriminación y odio contra los judíos de la Agencia de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea reveló que “los incidentes más graves de hostigamiento antisemita” fueron perpetrados en un 30% por “musulmanes extremistas”, en un 21% por izquierdistas y en un 13% por derechistas. Es decir, que los islamistas y los izquierdistas hostigan cuatro veces más a los judíos que los civilizacionistas.

Desde el primer Congreso Sionista llevado a cabo a fines del siglo XIX hasta la actualidad, la posición política de los judíos en todas partes del mundo respecto a la creación del Estado de Israel, es diametralmente opuesta. Ambas tendencias propagan sus ideas, sus informes, su propaganda política con un alto tenor de agravios, los cuales llegan a calificativos como “antisemita” por una de las partes y de “genocidas” por parte de la otra. Estos calificativos, que marcan una fuerte intolerancia entre los mismos miembros de la propia comunidad judía, se deben en parte a la influencia de los medios de comunicación social.

Para los judíos antisionistas, el origen del terrorismo nace del seno mismo del Movimiento de Liberación Nacional judío; ellos hacen referencia al primer asesinato político cometido hacia un judío y que fue llevado a cabo durante el Mandato Británico en Palestina sobre la persona de Jacob Israel De Haan. David Tidhar, quien fuese miembro de la policía británica y que tuviera a cargo la investigación del crímen de De Haan, era también un miembro de la Haganah. En un programa de radio Tidhar declaró: “Después de los daños que De Haan le hizo (a la empresa sionista), se decide en el seno de la Haganá eliminarlo y no permitir su viaje a Londres. Si él hubiese seguido vivo habría causado muchos problemas. Yo lamento no haber sido escogido para liquidarlo. Con el tiempo se dieron otros actos terroristas de distinta índole y que fueron consumados por otras organizaciones terroristas armadas sionistas tales como Leji e Irgan, cuyos líderes por aquellos años, Isaac Shamir y Méname Begin, llegaron a ocupar el cargo de Primer Ministro de Israel.

Los judíos antisionistas, aquellos que no están de acuerdo con las políticas sionistas implementadas que dieron lugar a la creación y a la permanencia del Estado de Israel, fueron formando grupos en distintas partes del mundo y multiplicando adherentes a su causa. Con el tiempo tomaron personería jurídica destacándose los radicados en los Estados Unidos de América, Gran Bretaña, Canadá, India, España y Argentina. (Contra el Estado de Israel Historia de la oposición judía al sionismo). Autor: Yakov Rabkin. Grupo Editorial Planeta. Primera edición, Abril 2008.Pág. 135. Los judíos antisionistas de todas las orientaciones políticas y religiosas experimentan el látigo del movimiento sionista, desde sus inicios.

Salvo los antisemitas, todo el mundo entiende que los actos de Israel no justifican los ataques a ciudadanos judíos de otros países, pero el rampante sentimiento antiisraelí suele hacer creer a los antisemitas que la sociedad tolerará dichos ataques, siempre y cuando se puedan presentar como ataques “contra Israel”. Y esta creencia difícilmente puede considerarse infundada. Por tomar sólo un ejemplo, considérese el tristemente célebre caso de la sinagoga alemana incendiada en 2014. Tanto el tribunal que dictó la sentencia como el tribunal de apelaciones dictaminaron que no se trataba de un delito antisemita, sino simplemente de una ferviente forma de oposición política a la guerra de Israel contra Hamás en Gaza. En consecuencia, los atacantes recibieron meras sentencias simbólicas además de suspendidas. ¿Curioso verdad?

 
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